5:30, Calibre 12

 






Cali se pinta de un color hermoso cuando atardece. A veces en medio de todo siento que no está todo tan mal, luego llega la gente. A dos cuadras de donde estoy, viene caminando Sara con su amigo, recto hacia nuestra mesa. Yo fui quien la invité, pero ahora estoy arrepentido. Los rayos amarillos hacen brillar el vaso de cerveza y todos se están riendo. Me veo en el reflejo del celular puesto sobre la mesa, me veo en el reflejo de la cerveza. Soy escuálido y tengo el pelo desordenado, mis labios son gruesos y mi piel de un oscuro sucio. No soy de ningún lado, solo de aquí. Las burbujas de la cerveza bajan con una velocidad hipnótica y yo siento su efervescencia en mi cerebro. El estrés sigue bajando, al igual que el sol. Sus rayos cada vez dejan de golpearme los ojos, y es tras recuperar la visión que la veo acercándose. La desprecio con toda mi alma. Veo al guarda del local caminando en frente mío con una escopeta. Mossberg de repetición, calibre 12. Mi padre trabajó toda su vida en seguridad privada, la cámara de esa arma está vacía. Un descuido leve y me acerco. Su mirada voltea, sus manos se relajan, yo aprieto el botón. Con rapidez muevo el mecanismo y en plena pelea me golpea y me tumba al suelo. No tiene permitido matar en este caso. A un metro de mí no hay expansión. Los perdigones salen como una esfera endemoniada y destruyen mi cráneo al instante. Nada de eso pasó, no va a descuidar su arma. Si lo hiciera podría irme, mi cabeza como un pulpo. Aprieto botón, muevo mecanismo, apunto a mi cabeza y disparo. Dos veces brincan, el sonido no suena coordinado al disparo y en la ventana de una licorera quedan mis sesos esparcidos esperando a que algún imbécil de medicina legal venga a recogerlos. Todos están traumatizados, no saben qué hacer. Sus vidas acaban de cambiar por completo y yo, el borracho delgado que los acompaña diario en silencio, soy el causante de esto. La mujer linda de la mesa de al lado lo va a tomar con facilidad, le da más asco la sangre que cualquier cosa. El guarda se va a sentir culpable el resto de su vida, le darán vacaciones y no las querrá tomar. El reciclador que pasaba recogiendo latas no va a olvidar nunca como sonaba el chirrido de mi sangre aun saliendo a presión desde una arteria deshecha. Cualquier similitud lo hará recordar, y el recuerdo no lo dejará dormir. Ya mi cuerpo vivo no tendrá importancia para aquellos ahí. 

Nada de eso pasa; el vigilante sigue caminando y yo agarro la cerveza y le doy otro trago. La mujer se sienta, saluda, sonríe como siempre. Yo no estoy triste, pero no puedo dibujar una sonrisa por más falsa que sea. Los rostros de todos se empiezan a perder, el sol se esconde cada vez más y la cerveza deja de brillar. Me voy yo con la luz. Ella sigue sonriendo. Todo es oscuro, pero la cerveza sigue sabiendo igual. 

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