El Cielo, y Aquel Cartel Neón
El cielo está pintado de un color rosado, pero aún sigue habiendo luz. Los neones de los edificios se prenden por la hora, pero aún sigue sin anochecer. Me siento abrumado por aquellas luces, siento que ambas me hablan, que me conversan en dos idiomas distintos que por alguna razón puedo entender. El neón me invita y el cielo me advierte. La acera se ve sorprendentemente cómoda. Me detengo a observar el paisaje y me siento en la acera, es casi como una almohada. A veces paseo en la calle y me quiero sentar por siempre en la acera. Paso en carro, caminando, en bicicleta; y aquella acera siempre se ve más y más confortante. Encuentro entonces extraño el verme desde fuera, pero creo que no sería tan malo. Mi cuerpo adornaría bien la acera, y la luz me acompañaría, me ayudaría. La luz me maquillaría para no verme tan pálido, para verme vivo. A veces siento que la luz es todo lo que tengo, que este momento de luces cruzadas es la única muestra empírica de que sigo vivo. Por fuera todo es mecánico, las acciones existen como pasajes que se pierden en mi memoria y que solo existen como experiencias futuras o pasadas. No vivo el momento, vivo en un eterno sentimiento de melancolía por una cosa que ni siquiera sé si viví, pero no aquí. Aquí esta la acera, aquel cartel neón, el cielo y yo; y las nubes me abrazan. Porque veo como se mueven lentamente de un lado para otro, y veo como aquel cartel titila y resplandece al resto de peatones, y yo solo estoy ahí, observando la luz. Soy vestigio de su propia existencia, porque sin ellas no existiría. ¿Quién me vería en la oscuridad? Es una mala pregunta, la puedo refutar fácil. ¿Quién me ve en la luz? Yo me veo, con eso sé que existo, porque ya mi mente no es confiable.
Me siento cada vez más cómodo en aquella acera, como si fuera parte de ella. Los carros pasan en frente mío y siento que me observan, aunque no pueda verlos. Me siento extraño, pero ellos no pueden ver el cielo como yo lo veo, ni aquel cartel neón. Sigo observando y veo como el sol va bajando, el rosado se va oscureciendo y el neón resplandece aún más. Empiezo a sentir sed. También me siento incómodo en la acera, pero no me quiero parar. Me quiero quedar ahí para siempre, recostado con los ojos cerrados, esperando a que aquella hora dorada vuelva en aquella hora específica y se ilumine el cielo junto a aquel cartel neón. ¿Qué pensaría si me veo yo en la acera? Paz, seguramente. ¿Cuántas veces no he fantaseado con eso? Con mi cuerpo tambaleante en el asiento de copiloto, haciendo maromas para no dormirme mientras la música revienta mis tímpanos y me evita pensar en otra cosa que no sea la satisfacción de verme recostado en aquella acera y simplemente poder pasar, sabiendo de qué yo ensimismado sigo, y aquel, que soy también yo, recuesta su cabeza sobre esa cómoda acera y espera a que el sol salga y el cartel vuelva a brillar. Qué feliz sería si fuese yo aquel que pasa y aquel que se acuesta, aquel que fue y aquel que va a ser. Ambos que son en cuanto a que viven y respiran el mismo aire, pero que no son porque se observan. Solo uno se observa, porque solo uno puede ver, el otro solo existe, y tal vez por eso no es feliz, pero tampoco miserable. La felicidad no se vive, sino que se anhela, y en Anhelar encuentro muchos símiles tortuosos. Anhelo el sueño, Anhelo el cielo, Anhelo la luz, Anhelo otra vocal. Anhelo, como anhelo eliminar aquella consonante muda. Como anhelo pronunciar aquella fricativa. Anhelo, como anhelo aquel sol, junto a ese neón que cada vez brilla más. Su brillo significa una cosa, el sol se está escondiendo, y yo me acomodo más y más en aquella acera. No me quiero ir de aquí, pero hay algo que me incomoda, algo que no me deja estar tranquilo. Dios mío, es que siempre vuelvo a lo mismo. El sol se pierde y yo vuelvo a extrañar, porque me paso la vida extrañando. Me paso la vida viviendo en momento que no existen, pero no tengo tampoco más opción, ¿qué puedo hacer?
Un carro pasa en frente mío y me observa, de repente ya es de noche. Soy yo observándome, y entonces recuerdo porque siempre sigo siendo yo, porque yo me recuesto en esta acera anhelando, y también me observo desde el auto anhelando ser yo. Si cierro los ojos, tal vez la oscuridad me deje parar. Pero no puedo del todo, pues aquel cartel neón sigue brillando, y cuando se apague, ya habrá salido el sol

Comentarios
Publicar un comentario