Epitafio de un odio enterrado

El cuchillo se enterró por completo en el recto femoral. El dolor me hizo pegar un grito horrendo. Aproveché la adrenalina para forcejear la hoja en el muslo, fracturándolo en múltiples secciones. Saque levemente el cuchillo y utilice la parte plana para amarrar la vena y la arteria femoral como si me estuviera embalsamando. Ambas se veían como pitillos plásticos babosos. Extremadamente resistentes para parecer tan frágiles. Gire la angulación del cuchillo y los reventé al mismo tiempo. Una cantidad absurda de líquido carmesí empezó a bombear con fuerza de mi pierna hacia afuera. Unos 2 kilómetros por hora, 6 litros de sangre. No todo iba a salir; a menos de que hubiese algo ejerciendo presión, la sangre se suele quedar atrapada en las articulaciones. Esta además no se comporta como un fluido ideal sino como un fluido real, es decir viscoso. Esta viscosidad no es constante y depende de la velocidad (soliendo comportarse como un fluido no newtoniano, es decir, aumentando su viscosidad en proporción contraria a la presión). Por eso es que al momento de embalsamar los cuerpos, se suelen agarrar arterias por las que se bombea líquido mientras se drena la sangre para así sanitizar y terminar de expulsar lo que queda restante. Me gustaría morir con la idea de que algún empleado de funeraria, muy encantado con su trabajo, me hubiese insultado al darse cuenta de que no habría líquido por drenar. Sin embargo, no va a ser así, y muy seguramente, ni siquiera vaya a tener funeral. Cada segundo que pasaba el dolor se volvía más placentero y mis energías se iban con cada gota de sangre despilfarrada en el piso delicadamente cubierto con papel periódico. En algún momento, el charco de mi sangre terminó por dar relieve a la fotografía de un pobre ciclista desgraciado que había sido atropellado por un camión. Esto me causó gracia, pero no pude reírme. Ya habían pasado 30 segundos, según mis cálculos, en unos 2 minutos y medio iba a tener un choque hipovolémico e iba a morir como todo un torero. Odio a los toreros, pero es cierto que sea por ingenuidad, estupidez o espectáculo, sus muertes suelen ser bastante rimbombantes. En cualquier caso, con ellos solo iba a compartir la portada del tabloide y la causa de muerte, quien sea que esté en el cielo me libre de parecerme en algo a esos bastardos.  La sangre seguía fluyendo, y yo continuaba sonriendo. Por fin me estaba causando el daño que merecía. Aproveché para pensar en todo lo que nunca quise pensar, en todas las tragedias y ansiedades de las que duré mi vida entera huyendo. Las pensaba, las asentaba, y estas se deslizaban desde mi encéfalo hasta mi corazón y allí salían a pulso por mi arteria. Cada mililitro de sangre lo sentía como un alivio. Pase años tratando de inmortalizarme, de adquirir un poder que realmente no poseía. Los hombres y las mujeres olvidan, eventualmente. No hay amor, ni respeto, que dure eternamente. No hay mentira que dure 100 años. No pude mantener nada en vida porque todo lo que se me dio lo desperdicié en arrogancia. Soy una mala persona; una mala persona convertida en flujo, en movimiento. Mi travesía esotérica trascendió a lo corpóreo. Me estaba exhumando de mis propios pecados. Yo era carne y era alma. Era mortal e inmortal. Era humano y era dios. Ahora lo soy, ahora por fin me siento tranquilo. El charco de sangre que texturizaba al ciclista se convirtió en una piscina que lo terminó ahogando. Sentí lástima, quise empujar la sangre, pero ya no podía. Con mi culpa se fue mi humanidad

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Cielo, y Aquel Cartel Neón