Y entiendo tu belleza como un canto desafinado. Como una voz dulce que me embriaga y que se quiebra. A veces en los defectos, me pierdo aun más en ti. Ni un numero inscrito en cada electron al rededor de toda la via lactea alcanzaria a dimensionar la cantidad de odio que siento por ti cada vez que te veo. Cada vez que te pienso. Y aún así heme aquí, existiendo a partir de odio y ternura. Vivo en un país de ensueño que cerca un laberinto eterno. Las paredes se forjan de mi espalda y se enredan en mis movimientos. Corro y me enredo en mis propios pasos y con ellos construyó mi propio laberinto, hasta que los tropiezos se vuelven danzas y las caidas golpes. El espacio se cierra y yo, en vez de enredarme aún más, me estrello contra las paredes y me convierto a mi propio ritmo en una bestia corrosiva, ensangrentada. Ojalá no me hubiese tomado tantos golpes alisar aquella pared,  y poder ver al fin el reflejo de mi rostro desfigurado. Ojalá haber visto mi sangre desde antes y así seguirla hasta mi salida. Ahora ya el charco es inentendible, ahora en mi reflejo solo hay más odio. Ahora las ganas de seguir corriendo son mayores, y ahora me niego a sentir. Algún día espero dejar de verme en ti, y así dejar de odiarte, de odiarme. Algún día espero poder hacer las paces con esa nota perdida que te define. Algún día, las cicatrices dejarán de pesarme, y mi paz conmigo será contigo, o visceversa, ya es inocuo. Ya estás perdida en tu propia belleza y yo soy incapaz de ver.

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