Y entiendo tu belleza como un canto desafinado. Como una voz dulce que me embriaga y que se quiebra. A veces en los defectos, me pierdo aun más en ti. Ni un numero inscrito en cada electron al rededor de toda la via lactea alcanzaria a dimensionar la cantidad de odio que siento por ti cada vez que te veo. Cada vez que te pienso. Y aún así heme aquí, existiendo a partir de odio y ternura. Vivo en un país de ensueño que cerca un laberinto eterno. Las paredes se forjan de mi espalda y se enredan en mis movimientos. Corro y me enredo en mis propios pasos y con ellos construyó mi propio laberinto, hasta que los tropiezos se vuelven danzas y las caidas golpes. El espacio se cierra y yo, en vez de enredarme aún más, me estrello contra las paredes y me convierto a mi propio ritmo en una bestia corrosiva, ensangrentada. Ojalá no me hubiese tomado tantos golpes alisar aquella pared, y poder ver al fin el reflejo de mi rostro desfigurado. Ojalá haber visto mi sangre desde antes y así seguirla hasta mi salida. Ahora ya el charco es inentendible, ahora en mi reflejo solo hay más odio. Ahora las ganas de seguir corriendo son mayores, y ahora me niego a sentir. Algún día espero dejar de verme en ti, y así dejar de odiarte, de odiarme. Algún día espero poder hacer las paces con esa nota perdida que te define. Algún día, las cicatrices dejarán de pesarme, y mi paz conmigo será contigo, o visceversa, ya es inocuo. Ya estás perdida en tu propia belleza y yo soy incapaz de ver.
El Cielo, y Aquel Cartel Neón
El cielo está pintado de un color rosado, pero aún sigue habiendo luz. Los neones de los edificios se prenden por la hora, pero aún sigue sin anochecer. Me siento abrumado por aquellas luces, siento que ambas me hablan, que me conversan en dos idiomas distintos que por alguna razón puedo entender. El neón me invita y el cielo me advierte. La acera se ve sorprendentemente cómoda. Me detengo a observar el paisaje y me siento en la acera, es casi como una almohada. A veces paseo en la calle y me quiero sentar por siempre en la acera. Paso en carro, caminando, en bicicleta; y aquella acera siempre se ve más y más confortante. Encuentro entonces extraño el verme desde fuera, pero creo que no sería tan malo. Mi cuerpo adornaría bien la acera, y la luz me acompañaría, me ayudaría. La luz me maquillaría para no verme tan pálido, para verme vivo. A veces siento que la luz es todo lo que tengo, que este momento de luces cruzadas es la única muestra empírica de que sigo vivo. Por fuera todo es me...
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