Waterloo
Sus pupilas parecían espejos y él seguía sin parpadear. Mi cara se reflejaba perfectamente en sus ojos color café; aún tenía el pelo arreglado, solo se notaba mi sudor. Me veo hermoso a pesar de todo, mi mandíbula se veía más marcada por la hinchazón leve de mis pómulos, y mis ojos rojos junto con mi nariz chorreando sangre me harían irresistible para cualquier degenerado con un mínimo de buen gusto. Sabía lo bien que me veía, pero sorprendentemente eso es lo que menos me importaba; desenfoqué mi vista de mi reflejo y me centre en su cara, estaba totalmente deformada, era incapaz de respirar por la nariz y cada suspiro por su boca iba acompañado de una piscina de sangre que lo hacía ahogarse más. Él sabía que estaba vencido, pero sus ojos seguían mirando con el mismo desdén de hace unas horas; eso me encantaba, así no sentía remordimiento. Retorcí el puñal que le había clavado y lo saque con un jalón de su esternón. La sangre comenzó a brotar con mayor fuerza; le agarré la cara con las dos manos y me acerqué al punto de casi besarlo. Sabía lo incómodo que esto era para él, lo indigno que lo percibía, detrás del orgullo que intentaba camuflar había no solo la humillación de haber sido vencido, sino la de seguir siendo avergonzado. Lo miré directo a los ojos, esta vez sin concentrarme en mi reflejo, y lo mantuve cerca de mí hasta que sus ojos pasaron de ver a ser dos perlas huecas sin uso alguno, ahora no era más que un costal. En ese último fragmento de vida, alcancé a percibir un aliento que impregnaba mis sentidos con la fuerza de un licor maltrecho. Sentí el clímax de mi control, el orgasmo de la muerte; Era ante todo mi momento de culminación y redención. Al igual que en el sexo encontraba mayor placer en lo que le infligía a la otra persona, un gemido de placer o de dolor causan la misma excitación en dos brutales opuestos. En el sexo el placer empieza en el momento que aterrizo en la persona; la jugarreta de control es más satisfactoria que cualquier penetración. Al igual que un soldado veterano, el placer no está en el final de la guerra, sino el anhelo de la misma, el éxtasis etéreo que produce la adrenalina, y la tranquilidad que genera el imaginarse el hogar, es más confortante que cualquier mujer de brazos y piernas abiertas recibiendo en el porche de una casa en el suburbio, o de dos niños a los que he visto 3 días abrazándome de los muslos. El hogar en la guerra es el cielo de los cristianos, el paraíso eterno que se disuelve en el azufre terrenal cuando se materializa en los ojos y no en la mente; lo mismo pasa con el sexo. La imagen mental hecha a partir de líneas y tangentes basados en una función tan simple como el escote levemente expuesto es mil veces más placentero que cualquier acto. El soldado, joven e ilusionado, visualiza la guerra como el espacio idílico de la hombría, al igual que el sexo. Se adentra en batalla con la sorpresa de su propia cobardía y con los golpes eternos de su misma compañía, igual que en el cortejo. Se lanza en la batalla después de previos eternos, solo para encontrarse con la ignorancia de una situación que lo supera y que no puede controlar, igual que en el sexo. Lo único que existe en la mente del soldado mientras su cabeza se esconde entre las trincheras que lo cobijan es la imagen de aquel paraíso idílico, el inexistente que también existe, el que solo al destapar la caja se sabe si está o no está. El brutal golpe de la experiencia ronda eternamente la cabeza del soldado y lo vuelve una paradoja adictiva, con la diferencia de que, eventualmente con la práctica, el entrenamiento infernal desaparece y la tierra de nadie se vuelve un granero. La imagen de aquel paisaje visceral y grotesco donde el humano es más humano que nunca y a la vez más animal, cautiva las ansias de poder y se convierte en adicción. La guerra y el sexo no cumplen el deseo ni de asesinar ni de eyacular, ni la sangre ni el semen han sido alguna vez fruto de alguna virtud mayor que la vida misma; en los ojos radica el clímax del ejercicio (vicio). La soberbia de aquel enemigo (enemigo también el que uno corteja, si se ve desde el ataque y la intención) se desvanece en sus ojos y en su suspiro orgásmico de muerte y placer transfiere su alma a la de uno mismo. Es el control, el control de quien da fin a una vida y quien da fin a un mito. La desnaturalización absoluta del hombre en sus dos estados más vulnerables, pero jamás indignos.
La catarsis de mis acciones me ofuscó levemente la percepción, y su final fue un aterrizaje con fuerza a la realidad más cruda: me encontraba en un prostíbulo, aún de día, y sin coartada en frente de un cadáver brutalmente masacrado; el día no tenía por qué haber terminado así. Me había levantado en la madrugada, cosa rara en mí. Estaba más contento de lo normal, el día no estaba soleado, pero el gris del clima me llenaba con un aura nostálgica que suavizaba el paisaje mismo. Estuve dos horas sentado en mi balcón, viendo hombres y mujeres yendo al trabajo, perros paseando, niños yendo a la escuela. Finalmente, decidí caminar; seguí a una pareja y a su hija que caminaban por el andén con tranquilidad. Los tres parecían sacados de una descripción romántica y victoriana de la vida. El hombre llevaba traje y un abrigo largo con un sombrero. La mujer iba con una camisa y una falda pegada que resaltaba su trasero, seguramente era secretaria. Con la suposición de su oficio hubiese bastado, sin embargo, no pude evitar detallar que el bolso Birkin que llevaba con ella era falso. La piel del mismo era de “cocodrilo”, pero sus costuras estaban por dentro. La forma flácida no correspondía al tipo de piel
La familia dobló en la esquina y yo seguí de frente, pensé que alguien menos detallista ni siquiera hubiese notado el bolso. Mi pelea lógica se detuvo al encontrar por fin una cafetería donde comer. Al entrar me encontré de frente con la cajera, su camisa decía “Elena”. De lejos habría tenido una confusión inmensa en sí, Elena era un hombre o una mujer. Su maquillaje estaba perfectamente hecho, su figura era curva y su pelo sedoso y largo, pero compartía rasgos tanto bruscos como delicados y poseía una falta de busto anormal. Mientras hacía mi pedido, mecánicamente mis ojos se clavaron en sus muñecas, llevaba una cantidad absurda de pulseras que se movía de vez en cuando para poder registrar el pedido en la pantalla. En su piel quedaba la marca de la presión y lo único que se me ocurría era en como se vería su cuerpo entero, amarrado, marcado por la presión de una soga gruesa. Elena se veía mansa, seria, pero dependiente; la explosión de deseo que genero en mí imaginarme su piel sangrando fue tan inmensa que tan pronto salí de la cafetería, fui a comprar una soga en una ferretería. Las sogas de trabajo suelen ser más gruesas y generan mayor daño en la piel. Usualmente, ante tal deseo, esperaría al proceso natural de enredar a alguna mujer cualquiera y desquitarme con ella, sin embargo, como hijo de Eva, la tentación me venció y recurrí a un servicio necesario. La prostitución no me parece consensuada, no hay placer mutuo cuando hay dinero de por medio, sin embargo, me funcionaba en él entre medio. A las 4 de la tarde entré al prostíbulo, compre una botella de ron y me senté a esperar a que alguna mujer disimulada se me ofreciera. Los tragos pasaban y pasaban y con ello mi deseo aumentaba; fue en el clímax de mi deseo cuando vi a aquel hombre seguir por un pasillo con una de las mujeres. El hombre que se sigue desangrando en frente mío pasó mirándome con el mismo desdén de la última vez. Impulsivo y anárquico, la cortesía se me hace un valor elemental; cuando hace unos meses lo conocí como el padrastro de una buena amiga mía, me vi golpeado bruscamente con el cachazo de la indiferencia y una actitud deplorable, mi saludo no fue correspondido; Desde aquel encuentro efímero, y las disculpas de mi amiga por el desdén de aquel desgraciado, la rabia que había acumulado hacia él crecía exponencialmente cada que su rostro de anfibio y su tatuaje engorroso cruzaban mi cabeza; hoy se volvía atravesar ante mis ojos, perseguido por el aura de un buenas noches. Iba acompañado de una mujer extremadamente joven, se podrían llevar perfectamente unos 20 o 30 años y daría mi mano entera a que no tenía ni siquiera 18 años. El deseo carnal se convirtió en sangre y podría jurar que, con la dedicación adecuada, habría podido eyacular solamente de pensar en como estrangularlo. Un berserk recorrió mi cuerpo; me levanté a seguirlo. La mujer entró con él a la habitación y yo simplemente esperé a que saliera de nuevo; las mujeres en los prostíbulos suelen hacer un tanteo antes de lanzarse, al menos en uno organizado. Su excusa es el color de su lencería, pero eso realmente no le importa a ninguno de los dos. La única función de esa espera es una confirmación externa hacia el administrador de que el hombre se ve confiable; al final todo se justifica con un baño de aceite y un cambio de ropa. La mujer salió a los 30 segundos de entrar, y yo aproveché el vacío. En un parpadeo la navaja plana camuflada como tarjeta que cargo en mi billetera se deslizó en mi mano. La puerta se abrió bruscamente, inmediatamente me abalancé contra él y fui recibido con un puño que me quebró la nariz. En su cuerpo había tanto terror que sus brazos se fueron automáticamente a su cara, no sé si para protegerse o por ocultarse de mí, así como un niño se siente seguro al cubrirse en su cama. Su torso quedó descubierto y mi hoja atravesó con una suavidad casi anormal el esternón de aquel hombre, y así se repitió una, dos, y hasta veinticinco veces; hasta que la sangre empezó a brotar también de su boca. En ese momento quise apuñalarlo, ahorcarlo, dispararle, morderlo y besarlo, pero su cuerpo se vació de vida antes de que pudiera siquiera pensarlo. Ahora estaba encerrado, lleno de sangre y con un cuerpo en frente mío. Me resigné por completo al escuchar los gritos de la prostituta al entrar al cuarto, supe que solamente podía fingir demencia y quitarme años de cárcel. Solté el cuchillo y pensé en el futuro, la prisión o el manicomio no me atormentaban tanto como la falta de gente, así como la percepción del mundo de que estaba loco, no lo estaba. Estoy perfectamente cuerdo, asesiné a este hombre llevado por la misma energía con la que nacen los niños y con las que se enlista alguien a morir en guerra. Lo asesiné con el placer del orgasmo, pero ahora solo quedaba despedirme;
— Buenas noches – le dije, a pesar de que el sol apenas se estaba escondiendo
El hombre nuevamente no respondió

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