Napoleón
La línea recta que salía desde la cadera hasta la espalda de aquella mujer de hombros destapados, me guiaba como una flecha hasta la conclusión más inmediata: su desnudez invisible. Una figura delgada vestida con pantalones holgados y abdomen descubierto levitaba con su aura por el frente mío; ella no lo sabe, pero yo soy su espectador, su público fiel, el líder de su club de fans que se esconde ante las multitudes, pero que vive con su imagen en la intimidad. Es la primera vez que la veo con una blusa corta, a menudo lleva ropa holgada. En mi cabeza siempre existió la duda de su abdomen; como era su cintura, que tan esbelta era. Los jeans que lleva caen hasta sus caderas, y permiten ver una forma geométrica perfecta en su vientre, cuyo ángulo apunta hacia su ombligo y su vértice hacia el medio de sus piernas. Su presencia entera es un algoritmo perfectamente diseñado; un plano cartesiano lleno de coordenadas explícitas cuyo conjunto es una fórmula compleja y enredada que deletrea nínfula con precisión mecánica. Me pregunto a veces si vale la pena romper la ilusión; no quiero acercarme, pero me obsesiona la idea de su voz de la misma forma que me aterra su inteligencia. Hay algo en sus ojos, en esa mirada perdida e inocente que no me permite ver más que un hueco vacío lleno de concepciones sociales vagas. Cualquier análisis que pueda hacer sobre ella no trasciende del que le pueda hacer a un robot, con la diferencia de que el robot me puede dar conversación. Mi hipótesis no es infundada, está casi rozando la teoría y no me falta si no apoyo para convertirla en ley; cada contacto que tengo con alguna mujer me demuestra el vacío intelectual al que les ha llevado siglos de superioridad social y sexual. Una jerarquía monárquica donde el esfuerzo instintivo recae únicamente en el hombre, no tenemos más opción. Somos nosotros los que debemos ajustarnos al estándar, los que debemos contrarrestar carencias, los que si no somos lindos debemos ser graciosos, y los que si son lindos pueden ser insípidos y los que tienen dinero no tienen que hacer nada. El humano es el único animal que fluctúa constantemente entre la sociedad patriarcal y matriarcal, pues todo depende de, en el caso de la mujer, una satisfacción material, y en el caso del hombre, un conformismo mental. El hombre abandona su familia y se vuelve el espécimen rotativo cuando, sentado en el mesón de su cocina tomando el desayuno, mira a su esposa bajo el rayo del sol mañanero y lo único que siente es una repulsión histriónica. Todo hombre medianamente consciente sabe que, tarde o temprano, la epifanía llegará, y aquella mujer que amó se perderá en un vacío ofusco de heces con tan solo pronunciar una palabra, mover una mano o acomodar su postura. El quiebre de la simulación inducida es inminente y funciona en todos los hombres, no hay uno lo suficientemente enamorado como para no cansarse y no hay mujer lo suficientemente linda y atractiva como para evitarlo. El patriarcado existe en la medida que el poder femenino se involucra en la cotidianidad; su existencia es el resultado reprimido y gutural de un despertar inconsciente, una pastilla roja que se toma sin opción alguna.
Aquella mujer de hombros destapados seguía en frente mío, haciendo fila para comprar mientras revisaba su celular. Me gusta pensar que es lo que hace, con quien habla, cuantas personas quieren ser los responsables de ese gesto de atención tan minúsculo, pero tan importante; había un egocentrismo inherente a todas sus presencias, considerable en lo real e inmensa en lo virtual, una medida curiosa de valor social. Al menos ella lo aceptaba, otras perras se esconden bajo la timidez fingida y cobijan su condición con supuesta prudencia. Ninguna es prudente, solo complicada; complicada con el hombre que escribe y se hace presente, con el que da el paso que ellas tanto esperan, incluso cuando se jactan de no esperar. La diferencia de solicitudes entre un hombre y una mujer refleja más que cualquier otra brecha, refleja la superioridad social ya hablada; el hombre atiende en su ceguera a esos estímulos con impaciencia y emoción, la mujer lo revisa como un niño revisa su juguete después de destaparlo, un recuerdo de su belleza que se vuelve cotidiano y adictivo hasta que se descubre un botón escondido que se buscaba, pero no se esperaba. Esa solicitud que entra y destapa por un microsegundo la pulcritud ficticia de su persona es la única muestra tangible de humanidad que demuestran.
Aquella mujer de pantalones descaderados se iba y con su partida me encontraba a mí mismo nuevamente, lejos de aquella nínfula, mis pensamientos se organizaban y aquel escape instintivo de la imaginación se ahogaba entre penas con el recuerdo de un pasado del que me negaba a escapar. La silueta de esa mujer que pasaba en frente mío se convertía, fuera de mi control, en una transformación onírica e intangible que trascendía la literalidad y se volvía un éter. Su figura escapaba del control de mis descripciones y se convertía una vez más en el reflejo de aquella mujer que alguna vez dije amar; sus ojos, sus muslos, sus cejas, su pelo y su ropa eran idénticos. Yo lo negaba, pero la disolución física de ambas solo mostraba las semejanzas que yo inconscientemente había buscado. Ante la mezcla mental de sus siluetas la memoria me apuñalaba con fuerza, la idea de un pasado me atraía porque, incluso en mi cinismo, no habría un mínimo atisbo de duda en mi ser si tuviera que sacrificar mi inteligencia por volver a esa felicidad. Mi tristeza y mi despertar está martirizada por aquel abandono revelador, se vive mejor en la ignorancia y solo lo descubrí hasta ahora. Aquella mujer ya se había desaparecido y su estela refundía en mí la memoria de aquel abandono pasado, la nostalgia tenía forma de carta.
Octubre 25
Hoy me desperté y me sentí miserable. El peso del lamento me mantenía a regañadientes hundida en las sabanas, contemplando las hélices de un ventilador atrofiado. Su sonido me mantenía hipnotizada, una reverberación que me induce al trance y me permitía pensar más claro, te extraño, pero no te quiero. Hay un sentimiento acogedor en el viento que eriza los vellos de mi piel desnuda, una libertad desarraigada que me recuerda a lo poco que quiero compartir calor, y a lo mucho que esto me preocupa. La soledad me invade no porque la sienta preocupadamente, sino porque la evito, me alejo de ella intencionalmente porque lo he hecho toda mi vida, al menos hasta hoy. El cansancio que me produce seguir batallando es más grande que cualquier sentimiento que pueda pasar por mi cuerpo en este momento.
Hace unos años estos pensamientos eran efímeros; toda mi vida he estado deprimida, pero cuando te conocí, me sentí feliz por primera vez. Ahora esa felicidad no existe, ahora que hay algo de ti en mí, me siento más triste y sola que nunca. Aquel calor ficticio que me cobijaba en las noches cuando imaginaba tu brazo sobre el mío desapareció, aquella emoción de verte después de unas pocas horas separados también desapareció. Tu idea, tu mito, es más inútil que nunca, porque ahora sé que, si tú no fuiste el que cumplió mis expectativas, nadie más lo hará, nadie mantendrá esa felicidad que sentí contigo alguna vez, por eso me pregunto que sentido tiene mantener una vida tan miserable. Sé que tú lo entenderás, eres una buena persona, alguien humano; más de lo que yo alguna vez fui, tu alma no está llena de odio y por eso sé, o al menos espero, que no generes ningún rencor hacia mí. Te lo pido como un último deseo, un deseo de memoria, un pacto equitativo. Esta carta la escribo amándote, y quedará impreso en mi epitafio que te amaré toda la vida.
De memoria recito aquellas 329 palabras. Me es imposible no verla en todos lados, su recuerdo me persigue como me persigue su promesa. La ira que siento en mí es hacia el mundo entero, hacia los corruptos, los egocéntricos y los humildes; hacia el banquero y el vagabundo, hacia la soltera que no quiere hijos y hacia la madre de siete. Hacia los hombres fuertes y los delgados, así como hacia las esbeltas y las gordas. Odio verlos, odio hablarles, odio oírlos. Odio cada interacción que tienen y que tengo yo con ellos. Odio mi cuerpo como odio el del resto. Odio el hedonismo insensato de todos y odio su ignorancia ante lo que los rodea. Odio los movimientos y los partidos políticos y la idea falsa de todo mundo de que ante una sociedad arreglada vamos a vivir en paz. Odio a todas y cada una de las personas que habitan en esta tierra, menos a ella; con ella se fue mi amor, en su lápida descansa ella y descansa mi falsa sanidad. Ella murió amándome y yo sufriré amándola.
Aquella mujer de hombros destapados se sentó en mi mesa. Estando frente a frente noté algo que era obvio por su espalda destapada, no llevaba sostén. Me miró como quien mira a un perro con deseos de adoptarlo y me apuntó con todo su cuerpo
— ¿Por qué me odias a mí y no a ella? ¿Por qué no la haces culpable de sus errores? ¿Por qué sigues diciendo que la amas y te coges a esa mujer? ¿Por qué no te odias a ti mismo si eres tan egocéntrico que no reconoces ni tu propia estupidez?
Aquella insistencia me aturdió. Sus preguntas atravesaban mis odios como balas, pero en mi estado ensimismado una impactó mi cerebro: debía visitar a Luna. Visitar a Luna implicaba agarrar un bus de 45 minutos y luego otro de 2 horas, pues vivía en una ciudad distinta. La rutina era la misma, llegaba a su casa, fingíamos diplomacia y formalidad ante sus padres, hacíamos el amor y luego dormía con ella fingiendo que había algo más que deseo en mis sentimientos. En la mañana inventaba alguna excusa para no pasar el resto del día con ella y regresaba a mi casa. Todo ese esfuerzo físico y económico por un momento de placer que desde hacía ya tiempo no anticipaba, sino al momento de rozar su cuerpo. En ese momento, en la mesa aún aturdido por las preguntas, desee con todas mis fuerzas, más que nunca incluso, que aquel fantasma siguiera vivo; tal vez así no tendría que soportar estas preguntas, tal vez sería más feliz de lo que soy ahora, pero sobre todo, tal vez así no tendría que tomar un bus mañana para ver a esa mujer.
Aquella mujer de hombros destapados atravesaba mi paisaje desde el otro extremo del lugar. Había estado en el baño desde que pidió su comida. Delante de mí no había sino una fila de personas desconocidas, y una nube de deseo, esfumándose ante la claridad de mis pensamientos. Uno de ellos culminó mi abstracción: desde este ángulo, su nariz se veía torcida.

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