Y entiendo tu belleza como un canto desafinado. Como una voz dulce que me embriaga y que se quiebra. A veces en los defectos, me pierdo aun más en ti. Ni un numero inscrito en cada electron al rededor de toda la via lactea alcanzaria a dimensionar la cantidad de odio que siento por ti cada vez que te veo. Cada vez que te pienso. Y aún así heme aquí, existiendo a partir de odio y ternura. Vivo en un país de ensueño que cerca un laberinto eterno. Las paredes se forjan de mi espalda y se enredan en mis movimientos. Corro y me enredo en mis propios pasos y con ellos construyó mi propio laberinto, hasta que los tropiezos se vuelven danzas y las caidas golpes. El espacio se cierra y yo, en vez de enredarme aún más, me estrello contra las paredes y me convierto a mi propio ritmo en una bestia corrosiva, ensangrentada. Ojalá no me hubiese tomado tantos golpes alisar aquella pared, y poder ver al fin el reflejo de mi rostro desfigurado. Ojalá haber visto mi sangre desde antes y así seguirla hasta mi salida. Ahora ya el charco es inentendible, ahora en mi reflejo solo hay más odio. Ahora las ganas de seguir corriendo son mayores, y ahora me niego a sentir. Algún día espero dejar de verme en ti, y así dejar de odiarte, de odiarme. Algún día espero poder hacer las paces con esa nota perdida que te define. Algún día, las cicatrices dejarán de pesarme, y mi paz conmigo será contigo, o visceversa, ya es inocuo. Ya estás perdida en tu propia belleza y yo soy incapaz de ver.
Epitafio de un odio enterrado
El cuchillo se enterró por completo en el recto femoral. El dolor me hizo pegar un grito horrendo. Aproveché la adrenalina para forcejear la hoja en el muslo, fracturándolo en múltiples secciones. Saque levemente el cuchillo y utilice la parte plana para amarrar la vena y la arteria femoral como si me estuviera embalsamando. Ambas se veían como pitillos plásticos babosos. Extremadamente resistentes para parecer tan frágiles. Gire la angulación del cuchillo y los reventé al mismo tiempo. Una cantidad absurda de líquido carmesí empezó a bombear con fuerza de mi pierna hacia afuera. Unos 2 kilómetros por hora, 6 litros de sangre. No todo iba a salir; a menos de que hubiese algo ejerciendo presión, la sangre se suele quedar atrapada en las articulaciones. Esta además no se comporta como un fluido ideal sino como un fluido real, es decir viscoso. Esta viscosidad no es constante y depende de la velocidad (soliendo comportarse como un fluido no newtoniano, es decir, aumentando su viscosidad e...
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